Medioambiente
Los campos de golf, micro-reservas de naturaleza
Los campos de golf, micro-reservas de naturaleza
La relación entre el golf y la naturaleza es compleja y puede (o debe) ser muy fructífera. Como punto de partida, cualquier campo de golf ha de someterse a una Evaluación de Impacto Ambiental, obligatoria en las legislaciones de las Comunidades Autónomas. Pero sobre esta base de mínimos cobra fuerza la tesis de que la gestión de un campo de golf no sólo debe ser viable medioambientalmente, sino que se debe mostrar más ambiciosa hasta convertirse en el paradigma de una política de conservación medioambiental.
Uno de los componentes más relevantes en la práctica del golf es el contacto con la naturaleza. Y uno de los activos más importantes de un club es su entorno natural. Partiendo de la normativa básica que obliga a un campo de golf a cumplir ciertos requisitos en materia de protección medioambiental surge un enfoque interesante en torno a la gestión del mismo, del que ambos (golf y medio ambiente) pueden salir muy beneficiados: según Carlos del Álamo, Presidente-Decano de la Asociación y Colegio de Ingenieros de Montes, “el campo de golf puede considerarse un Espacio Natural, y la gestión privada de los campos de golf debe de ser un ejemplo de la gestión de un espacio natural”.
Del Álamo intervino el pasado 22 de septiembre en las Ponencias sobre Golf y Medio Ambiente organizadas por el Real Club de Golf La Herrería, en San Lorenzo de El Escorial. Su disertación acerca del papel de los clubes de golf en la gestión de espacios naturales ofreció un análisis contrastado entre ésta gestión y la que llevan a cabo en el mismo terreno las administraciones públicas.
Para Del Álamo “los objetivos de uso y conservación (en un parque natural y un campo de golf) son semejantes, y los instrumentos de gestión ambiental en ambas categorías de espacios, bajo criterios de sostenibilidad, son hoy similares. Así pues, las exigencias a las que queda sometida la gestión de un campo de golf en esta materia no difieren de las que guían la gestión, por parte del Estado, de los Parques Nacionales”.
Un compromiso que mejora la imagen del golf
Enfocar la gestión de un club priorizando los criterios de protección medioambiental puede conducirnos a un nuevo escenario de esta práctica deportiva, e incluso reportar beneficios a corto plazo. El golf es, en sí mismo, una actividad “blanda” en cuanto a que los jugadores circulan por el campo sin impactar en el entorno, y conviven en armonía con la fauna, la flora y la naturaleza que les rodea. Por eso Carlos del Álamo no duda en considerar los campos de golf como “micro-reservas de naturaleza”.
Del Álamo, que también es presidente de Tecnoma (empresa involucrada en proyectos de desarrollo medioambientalmente sostenible), ve en la propia estructura y configuración de un campo de golf las herramientas necesarias para la conservación del medio ambiente. “En todos los campos de golf se establece una fauna asociada a su cubierta vegetal, que en muchos casos no existiría si éste no se hubiera construido, tanto por los tipos de hábitats como por la protección que supone el entorno del campo. Además es muy frecuente disponer de agua almacenada en lagos que crean pequeñas zonas húmedas que mejoran la biodiversidad del espacio”.
También apuntó Del Álamo que “la estructura física de un campo de golf supone la existencia de una serie de estratos de vegetación de estratos diferentes: arbolada, arbustiva, de matorral y herbácea, que distribuidas de forma regular, proporciona sistemas de ecotonos donde se concentran una gran diversidad florística y de fauna. El paisaje del campo de golf en la España seca aumenta las posibilidades de mejorar la conectividad entre ecosistemas, y garantiza la movilidad de determinadas especies de fauna y flora asociadas a los hábitats del campo de golf. Es similar a lo que se denomina Equivalencia de Hábitats, y que en países como Estados Unidos generan recursos y servicios medioambientales que sirven para compensar las pérdidas de capital natural que, de otra manera, no se podrían recuperar”.
Con estas premisas, ignorar el potencial de un campo de golf para convertirse en una “micro-reserva natural” resultaría, cuando menos, una imprudencia. La construcción de un campo de golf supone una alteración del espacio natural originario, pero una alteración con objeto de crear otro espacio natural. La instrumentalización de la ecología como valor de marketing puede ser un argumento suficiente para quienes sólo atiendan a criterios de eficacia empresarial. Pero también debemos caer en la cuenta de que los protocolos de actuación encaminados a la conservación medioambiental pueden ser rentables económicamente.
Un buen ejemplo es la gestión del Real Club de Golf La Herrería, que tiene en su poder los Certificados ISO 9001 de calidad de gestión e ISO 14001 que acredita una rigurosa gestión medioambiental. Entre sus medidas se encuentra el reciclado de residuos orgánicos, para el que se ha creado un sistema de contenedores compactadores para fabricar el compost que regresa al campo en forma de abono orgánico.
La Herrería, además, ha llevado a cabo un ambicioso plan de reforestación que incluye la plantación de 800 árboles nuevos; una inversión que acredita la eficacia de la gestión privada de un espacio natural a favor de la conservación del entorno. Al mismo tiempo el club mantiene un acuerdo con la Sociedad Española de Ornitología para el estudio y protección de las aves insectívoras, que cuentan con numerosos nidales en el conjunto del bosque. Además, la Universidad Complutense colabora con el club en la catalogación y estudio de la fauna a través del Departamento de Zoología y Antropología de su Facultad de Biología.
No es el único club referente de la armonía entre el golf y la naturaleza. En Santander, por ejemplo, en Golf Santa Marina se ha demostrado que la construcción de este campo no sólo ha tenido un mínimo impacto medioambiental, sino que ha servido para enriquecer el entorno natural. Así lo confirma Jesús García, naturalista del lugar que ha editado un libro sobre flora y fauna de la zona: “En Santa Marina, junto a los dieciocho hoyos habituales, se puede vivir un segundo recorrido que es un pequeño viaje por la naturaleza: el bosque de media montaña (de sombra), el secundario (de litoral), las formaciones de matorrales, los restos del encinar cantábrico, el bosque de ribera, las salcedas de las tierras bajas... en pequeña representación, es un jardín botánico que se ofrece como un regalo poco habitual”.
La construcción de este campo respetó al máximo las características orográficas y naturales del entorno, y hoy en día se ha convertido en un paraíso ecológico en el que sobreviven quinientas especies naturales que de otra forma no tendrían un hábitat propio.
Parques Naturales… de golf
“Los campos de golf pueden incorporarse a la creación de Bancos de Hábitats, desde el momento en que se acepte en España la posibilidad de creación o restauración de ecosistemas como un procedimiento habitual de compensar las pérdidas y los daños que puedan provocar al medio ambiente las obras, las explotaciones mineras y otras actividades humanas”, propone Carlos del Álamo.
“La gestión privada de espacios naturales introduce criterios de eficiencia económica sin disminuir la calidad ambiental de los recursos naturales del campo de golf, y descarga a los presupuestos públicos del coste de la gestión trasladándola al usuario consumidor”. Por ésta y otras razones Del Álamo insiste en que los campos de golf son un ejemplo de las posibilidades que tiene un espacio natural de ser gestionado por la iniciativa privada.
“Es evidente que hoy, en nuestro país, hay una diferencia importante entre un campo de golf y un espacio protegido en cuanto a su utilización: en los campos de golf se paga por usarlos y en los montes y espacios protegidos, en los Parques Nacionales o Naturales, no”, afirma. “Ésta es una gran diferencia. Los ingresos por el pago del servicio que se consume se destinan al mantenimiento del campo de golf, pero en el espacio protegido los ingresos proceden de los presupuestos generales de la Administración. ¿Hay menos demanda en uno u otro caso?”, se pregunta Del Álamo, para responderse él mismo: “No parece”.
De hecho, la demanda de juego en los campos de golf ha aumentado de forma espectacular en los últimos años. Se estima en una media de 35.000 jugadores por campo y año, hasta un total en los cerca de 400 campos de golf federados de 14 millones anuales. Es una cifra superior al número de visitantes en los Parques Naturales en España, que se sitúa alrededor de 11 millones y que es similar a la cifra de visitantes de los Parques Nacionales: 12 millones de personas.
Como conclusión a este análisis comparativo parece claro que la gestión de un campo de golf no ha de menospreciar las implicaciones de “gestión de un espacio natural”. Además de reportar posibles beneficios económicos a la propia entidad gestora puede servir para impulsar la consideración del sector del golf como agente social activo de conservación del medio ambiente. Algo muy importante si pensamos que dicho sector gestiona unas 24.000 hectáreas de superficie en España.



















